jueves, 4 de abril de 2019

Apuntes sobre mi


Me dicen Bet, Beta, Betty, Maribeth, Betabel, Betiluz, Betanie, Bethany, Betsi, Betty Boo. Pero en realidad me llamo María Betania. Mi día favorito del año es el 26 de marzo, porque es mi cumpleaños, llevo 30.

Cuando tenía 7 años descubrí que me gustaba la radio. Papá había ganado en un concurso, de cortar manzanas en la tele, un equipo pequeño que tenía casettera doble y radio am-fm. 10 años más tarde estaba terminado la escuela secundaria y me había anotado en la novedosa Licenciatura en Cs. de la Comunicación de la Universidad de Tucumán, nada tenía que ver con la radio pero aprendí mucho aunque tardé 10 años más en recibirme y mi trabajo de tesis intentó ser una crítica constructiva a la carrera, no sé si lo logré. En el medio, hice de todo: aprendí guitarra, probé con la escritura, jugué al fútbol, me emborraché una que otra vez, viajé por el país y fuera de él, tuve un accidente y me operaron, comí asado y aprendí a hacer asado, me paré frente a personas que no conocía a contarles lo que sabía, trabajé para vivir y también viví para trabajar.

Ando arriba de una bicicleta casi todo el día, o al menos así lo hacía hasta hace un tiempo que me mudé a Buenos Aires y aún no pude traerla, ni tampoco desinstalar el aire acondicionado de la casa en donde viví en Tucumán. Otra provinciana huyendo a la gran ciudad, eso pienso a veces.

Tuve un solo novio con el que salimos siete años pero me enamoré cuatro veces, dos de ellas me rompieron el corazón, aún me duele. Me definiría como la misma proporción de entusiasmo que de miedo, siempre en un extremo o del otro, aun no aprendo la escala de grises.

Leo y duermo menos de lo que quisiera por eso lo que más extraño son mi cama y mis libros. Me gustan mucho los vestidos, las polleras y los short pero creo que en realidad lo que me gusta de verdad son mis piernas; se parecen a las de mi mamá y las siento como una verdadera herencia familiar, grandes y largas sosteniendo firmes a las mujeres de la familia. Odio mis ojos. Son bonitos, ya lo sé, pero no sirven para nada, veo menos la realidad que un político en campaña. Soy mala haciendo chistes.

Tengo un solo tatuaje que en realidad vendría a ser la suma de un montón de cosas que me apasionan y cosas que no entiendo, como la música y los lugares a los que ella me traslada, es como si existieran de antes. Desayuno siempre, no importa si son las 6 de la mañana o las 6 de la tarde.

Admiro profundamente a las personas que aman lo que hacen, las descubro porque les brillan los ojos cuando hablan de ello. Sueño con encontrar aquel brillo en mis ojos cuando me miro al espejo mientras me lavo los dientes antes de dormir. Me gustan las plantas y las flores pero aún no aprendí a cuidarlas. Mi favorita es la Santa Rita, pienso en mi abuela cada vez que me cruzo una de ellas. Me siento afortunada de tener una abuela, y a veces tengo más ganas de ser abuela que madre. Aun no lo decido. Cargo siempre papel y lápiz a donde vaya, aunque sea una salida de noche al boliche. Creo que en los lugares más simples se esconden fragmentos de historias para contar. A veces no escribo nada.

jueves, 17 de enero de 2019

Otra pesadilla más


Yo leía “Un lindo asunto de amor” de Bukowski, afuera era verano y aprovechaba el vientito para empujarme ida y vuelta sobre la hamaca frente al balcón. Por fin algo me hablaba de amor, más bien alguien.

Llevaba días intentando disimular. Levantando con cuidado mis pelos de la almohada para anular mi sueño sobre esa cama, haciendo el mayor de los silencios para borrar en absoluto mi presencia. Mirándolo dormir como si yo no existiera. Sus pestañas eran perfectas. Por Dios qué lindas pestañas, parecían las de un niño pequeño mirando su primer juguete. Era extraño. Antes, jamás me había fijado en los ojos de un varón, era un rasgo que para nada me atraía.

Pero había algo, en toda esa farsa, que no podía contener y era una extrema necesidad de sonreír idiotamente cada vez que él decía o hacía algo estúpido. Incluso cuando ni siquiera era gracioso, yo estaba ahí como una tarada tirando risitas. Ya lo sabía. Estaba perdida, otra vez estaba cayendo en la trampa mortal. Eran esos los primeros síntomas de una terrible enfermedad, sino el más terrible de los males: el enamoramiento.

Entonces me lo propuse. A la mañana siguiente miré cuidadosamente cada uno de sus detalles. Observé sus manos, eran pequeñas. Antes, jamás me habían gustado las manos pequeñas. Por alguna razón, estimo que de instinto animal, me atraen las manotas. Probablemente sea que el hecho de medir más de 1.76 y ser grandota me hace pensar constantemente el mundo en términos de proporciones. Pero ahora no importaba, recorría con mis ojos cada rincón de su cuerpo e intentaba encontrar algo que me pareciera horrendo. Necesitaba boicotear aquella sensación tan profunda y tan amarga.

Durante aquella tarde, con esas manos pequeñitas, y sobre la guitarra, tocó la canción más triste que había escuchado yo hasta ese entonces. Era deprimente, esa tristeza me encantaba, esa angustia me recordaba a las siestas de domingo en Tucumán donde el sol arranca a pedazos el pavimento y enciende como caña hueca el infierno de soledades detestables.

Fueron cortas madrugadas donde hablamos de la izquierda, del peronismo, de música, de libros, de historia, de famosos argentinos, de sexo, de la familia. Ambos odiábamos a nuestras familias. Hablábamos de sentirnos solos estando acompañados, de la dulce y puta soledad, de las drogas y el alcohol, de Tucumán y de Buenos Aires. Hablamos de coger. 

Una mañana le hablé de mis miedos, nunca antes había dicho tantas veces la palabra “miedo” y es que estaba aterrada. Necesitaba encontrar cosas que nos separen, un corte de cuajo. Esa era para mí la única forma de volver a caminar, comer, bañarme, dormir en paz, pero todo parecía estar en mi contra.

La última noche fue indescifrable, aún pienso en ella. Borrachos y drogados fingimos dormir. De fondo sonaba un blues. Tuve una pesadilla, horrible, agónica, muy vivida. En el sueño le pedía que me abrace y él aterrado me tomaba de la cintura y rodeaba con sus pequeñas manos mis enormes caderas. Era eterno, el abrazo más largo que hasta ahora había recibido. Me desperté sin aliento, con la respiración entrecortada, él tiene sus finas y largas pestañas apoyadas sobre los pómulos, está dormido. No hay peligro, pero sigo asustada.