martes, 28 de marzo de 2017

Un juego de niñas

Cuando llegué a la Dirección de Recursos Humanos y me informaron que estaría en la Sección Capacitación me agradó la idea. Desde siempre disfruté del maravilloso vaivén de aprender y enseñar, de la misma manera en que, de niña, una disfruta cuando en un columpio de la plaza le toca ser quien empuja el columpio o quien está arriba de él. La sensación es la misma: un hormigueo en el estómago que sale de golpe y que se transforma en sonrisa y que al principio aterra un poco pero al final es valentía y también placer.

La primera vez que vi a Isabel (quien sería mi jefa en la Sección Capacitación) tuve una sensación extraña. Tenía casi la edad de mi madre sin embargo, no había perdido con los años, con la maternidad, con las tareas del hogar y con los embates de la vida, la calidez tan propia de la juventud. La sonrisa desvergonzada de una quinceañera, las uñas pintadas del color que mejor le sentase para el look del día, el pelo largo por debajo de los hombros que, si no te revelaba su experiencia, jamás hubieras imaginado que además de esposa, madre y amiga, era abuela. Siempre supe que estaba entrando a un lugar especial y con el paso de los días y los meses sentía cada vez más que me encontraba en el lugar indicado y en el momento justo. Isabel estaba rodeada de personas que compartían algo de su inagotable energía, el amor por la naturaleza y todo lo vivo, la pasión por la disputa en la batalla diaria, la indignación por las injusticias, el compromiso con las causas nobles y la capacidad de sorpresa intacta tan propia de alguien que no vivió de todo. Creo que esto la acercaba a mí, cualquier historia que le contaba le parecía extraordinaria, cuando se acercaba la hora de retirarse de la oficina, y en el largo viaje a casa que cada una hacía, pensábamos nuevas cosas para hacer juntas al otro día. Me la puedo imaginar entrando por la puerta de su jardín y colmando a su familia con anécdotas del día a día, con cosas que ella y yo habíamos sentido juntas. Ella en mi casa era Isabel y yo en su casa era Betania, nadie podía desconocer nuestra existencia.  Ella podía ser mi madre pero no lo era, y yo podía ser su hija pero no lo era, éramos compañeras de trabajo, nos habíamos convertido nada más y nada menos que amigas. Recuerdo, por ejemplo, aquella vez que me enseñó que siempre es un buen momento para cumplir sueños y me contó que el suyo era tener un bar junto a su compañero; casualmente el mío también, tener un bar y también un compañero que dimensione lo importancia de cumplir sueños y no horas. Que comparta el placer por una vida llena de amigos con amigos llenos de vida, cómo lo era Isabel. Cada vez que ella compartía ese tipo de cosas conmigo, volvía a sentir esa brisa cálida y ese hormigueo en el estómago de estar yo arriba del columpio y ella empujándome de atrás.

La última vez que vi a Isabel estábamos tan contentas de vernos que casi que no nos alcanzó el tiempo para hablar, del trabajo, de la familia, de los hijos y de la vida. Me cebó unos mates y en cada chorro de agua caliente que caía sobre la yerba me animaba a seguir, a jugármela, a arriesgarme a más, como si ella ya supiera la respuesta de cómo pasarla bien en esta vida. Seguro lo sabía, seguro lo había hecho miles de veces: empezar de cero, mudarse, armar su casa, criar a sus hijos, recibir a sus nietos, revivir una planta, sanar un hogar. Sabía qué hacer en cada situación pero ante cualquier adversidad era ella quien, sin pudor, quien se acercaba a decirte que ahora era su turno de subir a columpiar y que necesitaba de alguien que se anime a empujarla. Me encanta saber que en algún momento esa persona fui yo y que Isabel supo reconocerlo y agradecerlo. Durante los meses que me dejó ingresar a su corazón recuerdo que me abrazaba fuerte cada vez que podía. Aquella última vez que la vi también lo hizo, se bajó del columpio, tenía plasmada en el rostro una sonrisa enorme, me miró y se prendió a mí para darme las gracias por aquel sutil vaivén.

Seguramente Isabel sabía, también, abrazar como si fuera la última vez, lo que no sabía es que esa sería nuestra última vez.

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