lunes, 8 de mayo de 2017

El oficio de incomodar

De todo se ha dicho sobre el verdadero rol de los periodistas en las sociedades y puntualmente en nuestro país. A 12 años de kirchnerismo las discusiones parecen agotarse en saber de qué lado de “la grieta” te encontrás y poco se habla sobre el verdadero oficio del periodista, el de incomodar con la critica a los poderosos, a todos los poderosos,  los que están de un lado y del otro. 

A la hora de escribir siempre prefiero aferrarme a grandes teóricos de la comunicación o referentes del periodismo para en ellos encontrar las herramientas que necesito para leer la realidad fuera del código maniqueo de las empresas mediáticas, publicas y privadas. Sin embargo resulta útil despegarse de ciertos prejuicios y escuchar a quienes hoy protagonizan, dentro de la escena mediática, la disputa por el sentido de los acontecimientos. Y esto es lo que me propuse hacer al asistir al reciente Ciclo de Conferencias organizado por La Asociación Bancaria de Tucumán, “Análisis de la realidad política argentina”, la cual tuvo como invitados a Diego Leuco y Jonatan Viale, dos periodistas  señalados por encontrarse dentro del sector opositor de la famosa grieta. Ambos “hijos de” Alfredo Leuco y Mauro Viale, sus respectivos padres y periodistas de larga data, con estilos muy disimiles, aunque posiblemente cercanos ideológicamente.

“Hijos de”, no solo por el vínculo sanguíneo, sino por que crecieron entendiendo el periodismo según los códigos familiares pero también supieron cómo alejarse de ellos para poder descifrar la compleja realidad política que nos toca vivir. Y quizás desde un lugar pocas veces entendido por el público, el de ser comunicadores dentro de productos de gran audiencia en donde prima el show y no el análisis de la realidad.

Retornando al evento antes mencionado, el mismo  estuvo organizado por La Bancaria, uno de los sectores más enfrentados con el gobierno provincial de José Alperovich de la última época, y como era de esperar estuvo plagado de lugares comunes que desde los sectores de la oposición repiten como casette viejo trabado. No con ello quiero decir que no signifiquen reclamos legítimos, sino que como sociedad, muchas veces cuesta alejarse de la noticia y pensar en el contexto y los porqués. Un claro ejemplo, y por ello muy reconocido, es la lucha contra la impunidad que hace casi 10 años viene llevando adelante la Comisión de Víctimas de la Impunidad que cuanta con Alberto Lebbos como su máximo referente a nivel nacional. El papá de Paulina Lebbos, quién supo sobre llevar su dolorosa pérdida personal y a través de ella pudo poner en el tapete los oscuros vínculos entre la justicia y los hijos del poder. Alberto Lebbos también se hizo presente en el debate y fue calurosamente recibido por el público y los oradores porteños.

Militame esta

Entre los temas más abordados en la charla - debate estuvo el popularmente conocido “periodismo militante”, un término que no termina de cerrarme, ni desde la teoría, ni desde la práctica.
Mis primeros inicios en el periodismo -de hecho la primera vez que publiqué algo para ser leído por alguien más que no sea mi círculo íntimo- fue en una publicación de distribución gratuita
perteneciente a una agrupación universitaria de la que no formaba parte activamente, pero con la que simpatizaba. En ese momento puede acusárseme de hacer periodismo militante, pero no partidario, no me dediqué ni a florear, ni a entorpecer la realidad a fines de dejar bien parado a dicho sector político estudiantil. De más está aclarar que no recibía ningún tipo de dadivas por mi pequeña tarea. En aquel momento consideraba que el tema sobre el cual iba a escribir consistía en sí un dato periodístico, una información desconocida por la mayoría del estudiantado y sobre el cual debían estar informados. Me motivaba la sola idea de contar una noticia con un dato útil  y me atraía también la idea de incomodar a ciertos sectores del ámbito universitario, no solo a las cúpulas sino a todo aquel que hiciera la vista gorda frente a un hecho que perjudicara sus intereses o fuera en contra de los intereses de los estudiantes. Dicho así parece una tarea titánica y loable, pero nunca me interesó en sí el poder desde su tenencia física, lo verdaderamente interesante para mí en aquel entonces era la posibilidad de mantenerme cerca de él para conocer lo que realmente le incomoda, para hacer del ejercicio del periodismo una herramienta de crítica constante. Incomodar para desde allí construir.

Más adelante tuve la fortuna y la decisión de compartir un espacio de comunicación alternativa llamado ContraPunto, con pretensiones de alcance provincial y nacional. De a poco entendí  que solo desde allí podía ejercer ese rol de incomodar a quienes tienen mucho que callar, no porque la considere una tarea revolucionaria ni altruista, sino porque comprendí que sin esta impronta el periodismo no es tal, no existe.  En mis años “militando” la comunicación alternativa comprendí que el periodismo no solo se trata de una tarea de producción, de notas, entrevistas, artículos. Sino también de una tarea de re- pensar la propia práctica como comunicadora y de comprender la real dimensión de nuestro rol en la sociedad. Fue de ida y vuelta. Eso era para mí “periodismo militante” y lo ejercía con orgullo.

En la actualidad los juegos discursivos de la última década han hecho que la construcción “periodismo militante” solo les quepa a unos y no a otros. Todo se extingue en ser pro o anti algo. Así, ese “periodismo militante” no me identifica. Básicamente porque no es periodismo, o no debería ser llamado de tal forma. Genera igual indignación las denuncias que pesan sobre Amado Boudou como sobre Fernando Niembro, por que dejan al descubierto una trama inagotable de corrupción y complicidad, dentro y fuera del Estado, en el espacio público y en el privado. Negocios millonarios entre empresas y gobiernos que enriquecen a unos pocos a costa de muchos. La historia misma, nada nuevo. “Militar” eso sería obsceno.

Hacia la empresarización

Recientemente, también asistí en Tucumán a las jornadas “Comunicación, Política y Políticas de las Comunicación”. Dicho evento tuvo como invitado, entre otros, a Martín Becerra autor del libro “De la concentración a la convergencia: Políticas de Medios en Argentina y América Latina”, allí recuerdo que unos de los puntos que más alarmó al auditorio fue cuando se expusieron los nuevos negocios que trajeron aparejados las recientes regulaciones sobre tema medios, especialmente la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, mal llamada Ley de Medios, y la Ley Argentina Digital. En su charla, Becerra proponía salirnos de lo meramente discursivo y de los anuncios oficiales de los actores para centrarnos en los hechos, que es allí en donde reposa la verdadera implementación de ambas leyes. “A diferencia de lo que muchos creen, varios conglomerados concentrados privados y públicos han quedado fortalecidos entre el periodo 2003 a 2015”.

Sin dudas, resulta alarmarte pensar que cada vez más medios operan como empresas, sin embargo el oficio permite una salida. Así lo aseguraba Jonatan Viale en una de sus intervenciones “Todos los medios, van hoy hacia lo que yo llamo la “empresarización del periodismo, son básicamente empresarios haciéndose acreedores de empresas mediáticas, sin entender en profundidad de que va el oficio. La tarea de nosotros, los periodistas, es escaparnos de las operaciones mediáticas que benefician sus propios intereses capitalistas y ver más allá”.

Tareas difíciles las que proponen ambos comunicadores, sobre todo teniendo en cuenta los recientes hechos que han acontecido en Tucumán con las elecciones provinciales.  En donde los medios-empresas-gobierno han realizado una abanico de maniobras para tergiversar a su merced la realidad y que sin embargo no han podido tapar el sol con un dedo y han dejado al descubierto un sistema electoral por demás viciado con lo peor de nuestra sociedad.

In to the Grieta

La grieta es discursiva pero también es real. Tucumán quedó en la escena de la polarización nacional luego de las denuncias de fraude y la mar en coche. Salirse de ella es la tarea, por lo menos desde quienes compartimos la pasión de contar con palabras la realidad.

Pocas veces se me ocurre el título de una nota antes de que la misma esté escrita en su totalidad. Con esta nota pasó lo contrario, sabía su título antes de encender la computadora. Pero lo que creo en realidad es que se trata de algo que está resuelto desde hace bastante tiempo. El caminar por distintos espacios de comunicación tradicional y alternativa lo han ido reafirmando con el paso de los años. Con un pie de un lado y del otro de la grieta prefiero dejarme caer dentro de ella, en su profundidad, para aprender desde adentro el oficio de incomodar. Una aprendizaje sin punto final.

martes, 28 de marzo de 2017

Un juego de niñas

Cuando llegué a la Dirección de Recursos Humanos y me informaron que estaría en la Sección Capacitación me agradó la idea. Desde siempre disfruté del maravilloso vaivén de aprender y enseñar, de la misma manera en que, de niña, una disfruta cuando en un columpio de la plaza le toca ser quien empuja el columpio o quien está arriba de él. La sensación es la misma: un hormigueo en el estómago que sale de golpe y que se transforma en sonrisa y que al principio aterra un poco pero al final es valentía y también placer.

La primera vez que vi a Isabel (quien sería mi jefa en la Sección Capacitación) tuve una sensación extraña. Tenía casi la edad de mi madre sin embargo, no había perdido con los años, con la maternidad, con las tareas del hogar y con los embates de la vida, la calidez tan propia de la juventud. La sonrisa desvergonzada de una quinceañera, las uñas pintadas del color que mejor le sentase para el look del día, el pelo largo por debajo de los hombros que, si no te revelaba su experiencia, jamás hubieras imaginado que además de esposa, madre y amiga, era abuela. Siempre supe que estaba entrando a un lugar especial y con el paso de los días y los meses sentía cada vez más que me encontraba en el lugar indicado y en el momento justo. Isabel estaba rodeada de personas que compartían algo de su inagotable energía, el amor por la naturaleza y todo lo vivo, la pasión por la disputa en la batalla diaria, la indignación por las injusticias, el compromiso con las causas nobles y la capacidad de sorpresa intacta tan propia de alguien que no vivió de todo. Creo que esto la acercaba a mí, cualquier historia que le contaba le parecía extraordinaria, cuando se acercaba la hora de retirarse de la oficina, y en el largo viaje a casa que cada una hacía, pensábamos nuevas cosas para hacer juntas al otro día. Me la puedo imaginar entrando por la puerta de su jardín y colmando a su familia con anécdotas del día a día, con cosas que ella y yo habíamos sentido juntas. Ella en mi casa era Isabel y yo en su casa era Betania, nadie podía desconocer nuestra existencia.  Ella podía ser mi madre pero no lo era, y yo podía ser su hija pero no lo era, éramos compañeras de trabajo, nos habíamos convertido nada más y nada menos que amigas. Recuerdo, por ejemplo, aquella vez que me enseñó que siempre es un buen momento para cumplir sueños y me contó que el suyo era tener un bar junto a su compañero; casualmente el mío también, tener un bar y también un compañero que dimensione lo importancia de cumplir sueños y no horas. Que comparta el placer por una vida llena de amigos con amigos llenos de vida, cómo lo era Isabel. Cada vez que ella compartía ese tipo de cosas conmigo, volvía a sentir esa brisa cálida y ese hormigueo en el estómago de estar yo arriba del columpio y ella empujándome de atrás.

La última vez que vi a Isabel estábamos tan contentas de vernos que casi que no nos alcanzó el tiempo para hablar, del trabajo, de la familia, de los hijos y de la vida. Me cebó unos mates y en cada chorro de agua caliente que caía sobre la yerba me animaba a seguir, a jugármela, a arriesgarme a más, como si ella ya supiera la respuesta de cómo pasarla bien en esta vida. Seguro lo sabía, seguro lo había hecho miles de veces: empezar de cero, mudarse, armar su casa, criar a sus hijos, recibir a sus nietos, revivir una planta, sanar un hogar. Sabía qué hacer en cada situación pero ante cualquier adversidad era ella quien, sin pudor, quien se acercaba a decirte que ahora era su turno de subir a columpiar y que necesitaba de alguien que se anime a empujarla. Me encanta saber que en algún momento esa persona fui yo y que Isabel supo reconocerlo y agradecerlo. Durante los meses que me dejó ingresar a su corazón recuerdo que me abrazaba fuerte cada vez que podía. Aquella última vez que la vi también lo hizo, se bajó del columpio, tenía plasmada en el rostro una sonrisa enorme, me miró y se prendió a mí para darme las gracias por aquel sutil vaivén.

Seguramente Isabel sabía, también, abrazar como si fuera la última vez, lo que no sabía es que esa sería nuestra última vez.

domingo, 5 de marzo de 2017

Botella Rosada

Subí al auto, un Toyota Corolla blanco, impecable, majestuoso y siempre con la radio encendida, ese mismo auto que me había llevado y traído de tantos momentos llenos de vida y me había dejado tantos buenos recuerdos hoy me llevaba al peor lugar del mundo, lleno de muerte y tristeza. Me senté en el asiento del acompañante y cerré la puerta despacio, no quería que ningún ruido rompiera el mudo dolor que los dos sentíamos en ese momento. Nada era más importante que transitar en plenitud la inmensa incertidumbre de las primeras horas de una partida inesperada.

Nicolás arrancó el auto; en ese momento me hubiera encantado saber conducir, lo hubiera hecho yo de ser así. De hecho hubiera hecho casi cualquier cosa que él me hubiera pedido para ayudarlo a aplacar la tristeza que vivía en carne propia. Me odié más de una vez por haberme negado a las clases de manejo que me ofreció, en reiteradas veces, mi hermano y desde ese día soñé insistentes veces la misma escena: camino por la vereda hacia la casa de mis padres, ingreso por el portón negro destartalado de siempre que conecta con el garaje y le saco el auto a papá. Sueño qué cuando subo me siento frente al volante y todo sucede de forma natural; enciendo el auto, ubico los pies en posición sobre los pedales, indicó con mi mano derecha la salida en primera y me aferro al volante como una experta. En mis sueños sé conducir un auto y me sale a la perfección, pero cuando me despierto y aquella tarde de diciembre camino al Cementerio de la Ramada todo es pura imaginación.

El arranque fue brusco, calculo que todo era tan anormal que a pesar de conducir desde la adolescencia, Nicolás olvidó la sutil y descontracturada forma con la que suele maniobrar su auto, esa que me hizo siempre sentirme la copiloto ideal para tamaña destreza.  De repente y con un golpe de realidad injusto, entre mis pies vi asomar una botellita de agua color rosa, era de una  mujer, es decir, el color que seguramente usaría una mujer. Porque sin importar lo transformadora que pueda vislumbrarse esta sociedad actual, los hombres aún son incapaces de adquirir algo color rosa, mucho menos una botella.

Era una botella conocida la había visto, en otras oportunidades, en la oficina en la que trabajo de lunes a viernes, la había visto haciendo que el tiempo en el laburo pase más rápido. La botella mataba la ansiedad del día, llena de agua permitía hidratarse pero también era la excusa ideal para levantarse de la postración de la silla y recargarla cuando el agua se terminaba. Era una botella grande, cabía más de medio litro y menos de un litro de agua en ella. Cualquiera pensaría que seguro la botella pertenece a una persona que tenía muchas actividades. Quiero decir, si sé que voy a salir por 5 horas de casa llevo una botellita más bien chica, pero una persona que sale por más de 12 horas de casa necesita algo más grande para garantizar que la banque hasta la hora de volver a casa.

Nella era eso, una mina llena de actividades pero no habló de rutinas como ir al gimnasio, peluquería  o visitar a los sobrinos, sino era una mina que le gustaba andar a las corridas poniéndole su sello a cada espacio que consideraba potable y, a diferencia de mi, sufría horrores llegar tarde a lugares. Supongo que era de ese tipo de personas que cumplía con firmeza el dicho popular de “no hagas lo que no quieras que te hagan”.  Algo que decirlo resulta fácil y liviano pero llevarlo a la práctica representa todo un esfuerzo en los tiempos que corren.  Presencié en algunas oportunidades sus momentos de indignación, por que como buena escorpiana algunas cosas la sacaban de quicio y otras le chupaban literalmente un huevo. Se cruzó conmigo en un momento en el que yo participaba de esa misma máxima, por eso nos reíamos más de las cosas que importaban muy poco envés de enojarnos con las que nos molestaban mucho. Me resulta difícil contar que significó para mi conocerla, porque como con muchas otras personas me pasa, lo que sucedía cuando estamos juntas sucedía y fin. Me habló de sus viejos, de sus hermanos y le hablé de los míos. Era feliz, lo derrochaba, y supongo que eso me hacía feliz a mí también.  Cebaba los mejores mates amargos de la oficina y tenía una botella rosada recargable que llenaba hasta el tope, la misma que hoy se bamboleaba de ida y vuelta sobre la alfombra impecable del piso del asiento del acompañante de aquel majestuoso Toyota Corolla. Íbamos camino al cementerio.

La ruta al Cementerio de la Ramada es como toda ruta de un pueblo que resiste y habita en medio de la nada, asfalto en mal estado y conductores sumidos en esa parsimonia digna del interior. El auto se movía a cada rato y mientras yo intentaba tapar con diálogos monosilábicos aquel silencio tan amargo  había momentos en que quedarnos callados era inevitable; justo ahí la botella asomaba trayéndonos de un solo puñetazo a lo real, el momento más triste de mis 27 años. Yo luchaba en silencio con aquello, la retenía con el píe impidiendo que se moviera y apareciera frente a Nicolás, que perdía su mirada en el horizonte. La pisaba con fuerza como si al hacer más potencia con mi píe lograba por fin suavizar el nudo en la garganta de Nicolás. Para ese momento la angustia era irremediable y me corría por todo el cuerpo. Al principio era más bien algo inexplicable pero después supe de qué se trataba tan enorme malestar. Sabía que sin importar lo que hiciera, más tarde o más temprano, la botella rosada iba a aparecer y haría su juego más cruel, el de traer el recuerdo de esa persona que ya no estaba y no iba a estar nunca más. Y yo ya no podía hacer nada para impedirlo. Quiera o no ese recuerdo, representado en su botella, en su sonrisa, en su perfume, en su color de pelo, en su voz, iba a hacer lo que tenía que hacer. La botella era aquella muestra pequeña pero a la vez macabra de que este era el primer día de un inmenso dolor.

Encerrada en ese auto todo me parecía una locura pero a la vez todo era real. La ruta, la charla, la radio sonando, la tristeza. Sin embargo la botella rosada condensaba en ella la fantasía, estaba tirada en el piso del auto con una cotidianeidad tal que parecía que unas horas más tarde vendría su dueña, Nella, a levantarla y diría, con una risa cómplice, que es una colgada y por eso se la olvidó. Yo, sin embargo, sabría que era una mentira, que era verdad que la olvidó pero no por colgada, sino que los besos de una despedida, que sería la última, se extendieron tanto que la botella quedó en un segundo lugar, olvidada. Qué su rutina, llena de actividades, para la cual necesitaba de esa botella, cuando Nella estaba adentro de ese auto su rutina le importaba bastante poco. Que en realidad no era una colgada sino que Nella estaba enamorada.

jueves, 2 de febrero de 2017

Hoy 2 de febrero

Hoy, me quedan un billete de $100 y otro de $50 en el bolsillo, es decir me quedan ciento cincuenta pesos en la billetera y mi próxima posibilidad de tener dinero es a mediados de marzo, cerca de mi cumpleaños, el 26. Muchos de ustedes pensarán que estoy sin trabajo, pero no, no estoy sin trabajo. Desde el año pasado trabajo de lo que me gusta en una oficina del Estado en carácter de empleado contratado, por eso me encuentro a la espera de una serie de firmas y papelería burocrática para poder contar con los honorarios que me palmean el hombro cada mes por la tarea que con mucho compromiso desempeño aquí.

Me angustian muchas cosas cada vez que veo mis últimos 150 pesos, tantas qué decidí compartirlas con alguien, no sé quién, cómo se siente una persona en esta situación.

Me angustia saber que para el mes que arranca tengo la cuota de las tarjetas, el crédito de la heladera, el lavarropas, el monotributo, la cuota de la contadora, el adicional de la obra social, los servicios de la casa en la que vivo con dos personas más, vencidos. Todo está sin pagar desde el mes de enero y sin ninguna posibilidad de poder pagarlos a tiempo durante los próximos dos meses.  Me angustia, al punto de tragar saliva de esa que incomoda, el no poder responder a los compromisos sociales (cumpleaños, nacimientos, despedidas, reuniones, etc. -les juro que los tuve todos-), me da bronca inventar historias para disimular las ganas de ver a mi amigos porque no tengo la plata para poder compartir una cerveza. Por primera vez en 27 años no sé qué excusa poner para no ir y que no sientan que no me importan aunque yo tengo más ganas de verlos que lo que genuinamente tienen muchos de ellos de verme a mí.

Me angustia que se atrevan a señalarme con recelo por haberme ido de vacaciones y gastado plata de más, cuando quienes me acompañaron en el viaje bien podrían dar cuenta de cuán ajustado fue mi presupuesto. Volví victoriosa diciendo que me fui a Uruguay y gasté la cifra exacta de 6.500 pesos argentinos y que a pesar de eso me hice lugar para traer uno que otro recuerdo a las personas que más me importan. Sin embargo tuve que lamentar el comentario de más de uno de “pobre no le alcanzó para más”. Lo sé es culpa mía, no debería haber traído nada.

Me angustia pensar en el nuevo horario de trabajo, ya no de verano, que implica que muchas veces deba almorzar en la oficina. Todos están preocupados porque el horario no les coincida con otra actividad, otros trabajos, o que hacer familiares, a mí solo me angustia demasiado pensar qué excusa voy a poner para evitar el tener que almorzar en la oficina, rogar que ninguna tarea se extienda más de la cuenta hasta la hora del almuerzo, porque no voy a tener el dinero para pagar la comida.

Me angustia visitar a mi abuela o a mis padres y tener que charlar sobre cosas que no existen para no contarles lo duro que vienen siendo estos últimos días y cuando de vez en cuando un comentario reprimido se libera frente a mi madre deber negarme con firmeza a sus insistentes ofrecimientos de dinero diciéndole qué se quede tranquila, que voy a estar bien, qué siempre he podido. Me angustia más saber que en breve no voy a tener más opciones que aceptar que seré yo quien se lo deba pedir prestado por que estoy hasta el cuello y no sé si de verdad esta vez voy a poder.  No sé  si voy a poder esta vez pagar el monotributo que me habilita todos los meses a facturar mi trabajo diario y a cobrar en el inmensamente lejano marzo, aunque los más pesimistas lo nombran abril.

Me angustia convencerme de qué definitivamente esta vez no viajaré a Olavarría a ver otro recital del Indio Solari, cortaré esa racha ininterrumpida de misas ricoteras de las que tanto disfruto. Tampoco podré disfrutar de la organización anticipada de los festejos de mi cumpleaños, deberé esperar con cautela y parsimonia cual es mi “situación económica” en marzo, quizás estoy tapada de deudas y no puedo planear ni un té con amigas.

Me angustia que cada vez que hago el intento de charlar sobre mi alicaída situación económica con alguno de mis amigos la respuesta es inmediatamente sanadora. Me ofrecen guita, me invitan a salir diciendo que ellos invitan y ante mi resistencia me dicen que me quede tranquila, que la próxima me va a tocar invitar a mí o bien se sorprenden que alguien como yo que siempre demuestra tener todo bajo control tenga hoy todo tan fuera de control. Yo también estoy sorprendida, qué decir.

Me angustia haberme encontrado pensando posibilidades increíbles para conseguir algo de dinero, solo algunas las voy a compartir. El otro día revisando la agenda 2016 recordé que había dejado en forma de depósito, un par de meses atrás, $200 pesos como reserva de un turno para el dentista. Para recuperarlos solo debía decidir a hacerme el arreglo y rogar que la devolución de la seña aún tuviera vigencia. Por suerte la tuvo y apenas tuve ese dinero en mi poder le compré algo de comida para el perro. Al fin y al cabo con techo y comida para nosotros dos el mundo se puede hundir si quiere. Decirlo es más fácil que hacerlo.

Me angustia y me estresa pensar en la posibilidad de vender algunas cosas. Nunca fui buena para eso, tampoco acumulando bienes, de hecho hace poco me robaron la bicicleta que atesoraba como mi máximo objeto de valor y que me permitía bastante libertad de circulación, por ejemplo la posibilidad de volver tarde a casa sin pagar un taxi o entrar caminando al “peligroso” barrio en el que vivo.  

Hoy un amigo me dijo que le resultaba extraño que con lo organizada que soy con mi vida no hubiera previsto tremendo sesgo económico, y la verdad que no supe que decirle, yo estoy más sorprendida de pensar que nadie más a mi alrededor está en una situación similar.  Tal es así que apenas me sentí ahogada mi primera reacción fue intentar conseguir cualquier tipo de trabajo, mandé curriculums a algunos diarios, repartí en bares y hasta me rebajé a escribirle a quién antes fue mi jefe por si no le interesaba que cubriera unas horas por las vacaciones. Me parecía injusto estar acudiendo al laburo al que renuncié por mala paga, pero lo hice. Quedó en llamarme pero nunca lo hizo.

En ese momento creo, me vino más angustia, dije -ya está, ya fue, así me tengo que quedar. Solo debo sobrevivir, manteniendo casa, perro y amigos hasta marzo, después viene la vida normal-. Seguir, como siempre postergando el postítulo que siempre quise hacer, el gimnasio que nunca logro pagar, el corte de pelo con el que quisiera verme, las zapatillas que no cambio desde 2013, el tratamiento con el dentista que postergo por la exorbitancia de las cuotas, la primera vez con el psicólogo, la mochila mil veces parchada, etc.

Pero me angustia mucho más que todo esto que me está pasando, que en realidad es solo no tener guita, lo sepa alguien. Me angustia pensar que alguien pueda percibir mi angustia y que en ella vea lo que yo veo, que ya no soy indestructible, que vivir fuera de la casa y del resguardo de tus padres es más difícil de lo que parecía, que la vida social, con amigos, con compañeros de laburo, con parejas es imposible teniendo solo 150 pesos en el bolsillo, que no soy yo frente al mundo, es el mundo frente a mí y más triste aún qué la culpa de clase no me deja ni siquiera sentirme desesperada aunque en realidad esté asustada porque quizás así se sienta alguna categoría de locura. Nunca lo voy a saber.

Me angustia pensar que en realidad no es angustia sino que es presión de sentir que ante una situación como la que hoy -2 de febrero- vivo, debería creerme desbordada pero no. Hay algo, no sé qué, que me mantiene tranquila. Quizás así de insólito se siente al principio algún tipo de libertad.