jueves, 2 de febrero de 2017

Hoy 2 de febrero

Hoy, me quedan un billete de $100 y otro de $50 en el bolsillo, es decir me quedan ciento cincuenta pesos en la billetera y mi próxima posibilidad de tener dinero es a mediados de marzo, cerca de mi cumpleaños, el 26. Muchos de ustedes pensarán que estoy sin trabajo, pero no, no estoy sin trabajo. Desde el año pasado trabajo de lo que me gusta en una oficina del Estado en carácter de empleado contratado, por eso me encuentro a la espera de una serie de firmas y papelería burocrática para poder contar con los honorarios que me palmean el hombro cada mes por la tarea que con mucho compromiso desempeño aquí.

Me angustian muchas cosas cada vez que veo mis últimos 150 pesos, tantas qué decidí compartirlas con alguien, no sé quién, cómo se siente una persona en esta situación.

Me angustia saber que para el mes que arranca tengo la cuota de las tarjetas, el crédito de la heladera, el lavarropas, el monotributo, la cuota de la contadora, el adicional de la obra social, los servicios de la casa en la que vivo con dos personas más, vencidos. Todo está sin pagar desde el mes de enero y sin ninguna posibilidad de poder pagarlos a tiempo durante los próximos dos meses.  Me angustia, al punto de tragar saliva de esa que incomoda, el no poder responder a los compromisos sociales (cumpleaños, nacimientos, despedidas, reuniones, etc. -les juro que los tuve todos-), me da bronca inventar historias para disimular las ganas de ver a mi amigos porque no tengo la plata para poder compartir una cerveza. Por primera vez en 27 años no sé qué excusa poner para no ir y que no sientan que no me importan aunque yo tengo más ganas de verlos que lo que genuinamente tienen muchos de ellos de verme a mí.

Me angustia que se atrevan a señalarme con recelo por haberme ido de vacaciones y gastado plata de más, cuando quienes me acompañaron en el viaje bien podrían dar cuenta de cuán ajustado fue mi presupuesto. Volví victoriosa diciendo que me fui a Uruguay y gasté la cifra exacta de 6.500 pesos argentinos y que a pesar de eso me hice lugar para traer uno que otro recuerdo a las personas que más me importan. Sin embargo tuve que lamentar el comentario de más de uno de “pobre no le alcanzó para más”. Lo sé es culpa mía, no debería haber traído nada.

Me angustia pensar en el nuevo horario de trabajo, ya no de verano, que implica que muchas veces deba almorzar en la oficina. Todos están preocupados porque el horario no les coincida con otra actividad, otros trabajos, o que hacer familiares, a mí solo me angustia demasiado pensar qué excusa voy a poner para evitar el tener que almorzar en la oficina, rogar que ninguna tarea se extienda más de la cuenta hasta la hora del almuerzo, porque no voy a tener el dinero para pagar la comida.

Me angustia visitar a mi abuela o a mis padres y tener que charlar sobre cosas que no existen para no contarles lo duro que vienen siendo estos últimos días y cuando de vez en cuando un comentario reprimido se libera frente a mi madre deber negarme con firmeza a sus insistentes ofrecimientos de dinero diciéndole qué se quede tranquila, que voy a estar bien, qué siempre he podido. Me angustia más saber que en breve no voy a tener más opciones que aceptar que seré yo quien se lo deba pedir prestado por que estoy hasta el cuello y no sé si de verdad esta vez voy a poder.  No sé  si voy a poder esta vez pagar el monotributo que me habilita todos los meses a facturar mi trabajo diario y a cobrar en el inmensamente lejano marzo, aunque los más pesimistas lo nombran abril.

Me angustia convencerme de qué definitivamente esta vez no viajaré a Olavarría a ver otro recital del Indio Solari, cortaré esa racha ininterrumpida de misas ricoteras de las que tanto disfruto. Tampoco podré disfrutar de la organización anticipada de los festejos de mi cumpleaños, deberé esperar con cautela y parsimonia cual es mi “situación económica” en marzo, quizás estoy tapada de deudas y no puedo planear ni un té con amigas.

Me angustia que cada vez que hago el intento de charlar sobre mi alicaída situación económica con alguno de mis amigos la respuesta es inmediatamente sanadora. Me ofrecen guita, me invitan a salir diciendo que ellos invitan y ante mi resistencia me dicen que me quede tranquila, que la próxima me va a tocar invitar a mí o bien se sorprenden que alguien como yo que siempre demuestra tener todo bajo control tenga hoy todo tan fuera de control. Yo también estoy sorprendida, qué decir.

Me angustia haberme encontrado pensando posibilidades increíbles para conseguir algo de dinero, solo algunas las voy a compartir. El otro día revisando la agenda 2016 recordé que había dejado en forma de depósito, un par de meses atrás, $200 pesos como reserva de un turno para el dentista. Para recuperarlos solo debía decidir a hacerme el arreglo y rogar que la devolución de la seña aún tuviera vigencia. Por suerte la tuvo y apenas tuve ese dinero en mi poder le compré algo de comida para el perro. Al fin y al cabo con techo y comida para nosotros dos el mundo se puede hundir si quiere. Decirlo es más fácil que hacerlo.

Me angustia y me estresa pensar en la posibilidad de vender algunas cosas. Nunca fui buena para eso, tampoco acumulando bienes, de hecho hace poco me robaron la bicicleta que atesoraba como mi máximo objeto de valor y que me permitía bastante libertad de circulación, por ejemplo la posibilidad de volver tarde a casa sin pagar un taxi o entrar caminando al “peligroso” barrio en el que vivo.  

Hoy un amigo me dijo que le resultaba extraño que con lo organizada que soy con mi vida no hubiera previsto tremendo sesgo económico, y la verdad que no supe que decirle, yo estoy más sorprendida de pensar que nadie más a mi alrededor está en una situación similar.  Tal es así que apenas me sentí ahogada mi primera reacción fue intentar conseguir cualquier tipo de trabajo, mandé curriculums a algunos diarios, repartí en bares y hasta me rebajé a escribirle a quién antes fue mi jefe por si no le interesaba que cubriera unas horas por las vacaciones. Me parecía injusto estar acudiendo al laburo al que renuncié por mala paga, pero lo hice. Quedó en llamarme pero nunca lo hizo.

En ese momento creo, me vino más angustia, dije -ya está, ya fue, así me tengo que quedar. Solo debo sobrevivir, manteniendo casa, perro y amigos hasta marzo, después viene la vida normal-. Seguir, como siempre postergando el postítulo que siempre quise hacer, el gimnasio que nunca logro pagar, el corte de pelo con el que quisiera verme, las zapatillas que no cambio desde 2013, el tratamiento con el dentista que postergo por la exorbitancia de las cuotas, la primera vez con el psicólogo, la mochila mil veces parchada, etc.

Pero me angustia mucho más que todo esto que me está pasando, que en realidad es solo no tener guita, lo sepa alguien. Me angustia pensar que alguien pueda percibir mi angustia y que en ella vea lo que yo veo, que ya no soy indestructible, que vivir fuera de la casa y del resguardo de tus padres es más difícil de lo que parecía, que la vida social, con amigos, con compañeros de laburo, con parejas es imposible teniendo solo 150 pesos en el bolsillo, que no soy yo frente al mundo, es el mundo frente a mí y más triste aún qué la culpa de clase no me deja ni siquiera sentirme desesperada aunque en realidad esté asustada porque quizás así se sienta alguna categoría de locura. Nunca lo voy a saber.

Me angustia pensar que en realidad no es angustia sino que es presión de sentir que ante una situación como la que hoy -2 de febrero- vivo, debería creerme desbordada pero no. Hay algo, no sé qué, que me mantiene tranquila. Quizás así de insólito se siente al principio algún tipo de libertad. 

martes, 2 de febrero de 2016

Silencios Cómodos

                                   - Me voy a dormir, dijo Martín.
                 -¿Ya?, ¿a dormir?, reprochó Cecilia luego de poco más de una hora al teléfono.
                                  -  En realidad, no.  Voy a ver tele y de ahí veré, soltó aliviado.

Martín tiene más o menos 28 años, nunca antes estuvo solo. Desde niño y hasta su madurez vivió rodeado de mucha gente: su madre, hermanas, perros y amigos. Ya su nacimiento fue, de entrada, algo anormal y acompañado de una multitud de gente. Su madre se disponía a transitar el invierno con los dos últimos periodos de embarazo a cuesta, cuando el pequeño decidió que era hora de engrosar esa larga lista de recién nacidos en aquella fría tarde de Julio.

De niño nadie le prestó demasiada atención y cada vez que rompía la rutina de los mayores con una pregunta lo único que respondía era un abrumador silencio. Será por eso que hasta el día de hoy le incomodan tanto los espacios ausentes. Faltos de palabras. No los tolera. Cree que siempre tiene algo para decir y en caso de no ser así, un par de acordes en su vieja guitarra tapan la inquietante ausencia.

Ahora de grande Martín le teme a mucho más que a los simples silencios, le teme a toda aquella situación que devenga en una oscura ausencia: a la soledad. Le teme a todo tipo de ausencia, a la pérdida de objetos sin valor, al abandono de una novia histérica, a la falta de un compañero de trabajo enfermizo, a la baja de un arquero inútil en el fútbol de los jueves. Cualquier tipo de ausencia lo desconcierta y lo paraliza. Es capaz de lo impensado con tal de no ser víctima de aquella cruel indiferencia.

Cecilia, en cambio, con unos justos 21 años disfruta de todo tipo de ausencias, silencio y soledades. Nunca antes ha sentido el calor de una verdadera compañía. Y no es que no la tuviera. La tiene fruto de una familia tipo funcional que la adora, de los cálidos y constantes abrazos de sus mujeres y de las gratas caminatas en compañía de sus ideas. Sin embargo disfruta de la ausencia porque en ella encuentra el florecer de lo incómodo, lo que hace que deba sacar las manos de sus mullidos bolsillos y con las palmas firmes al costado de la silla intente encontrar esa posición diferente. No siempre cómoda pero si diferente a la anterior.

De niña tuvo ausencias de toda clase. Su padre, símbolo vivo de una deidad se ausentaba cada vez que se le cruzaba oportunidad. 20 años más tarde entendería que no era tal deidad y que lo más humano y miserable vivía con él. Su hermano, un ser ausente a quien acompañó todo lo que le fue posible y a quién intentaba, sin lograrlo, sacarlo de una depresión constantemente. Y Rosario, su madre. Una mujer que había guardado el único trecho feliz de su vida en una pequeña cajita de metal pintada en colores con garabatos zigzagueantes y que algunos domingos desempolvaba para recordar.


El pánico a la ausencia  y el placer de un silencio incómodo los encontró juntos en una improvisada charla telefónica. Hablan a diario entre una o dos horas y cuando parece que por fin el temor y el placer convivirían en uno de sus diálogos, él rellena el aire con una canción y ella con un silencio. A ella le encanta, a él también. 

viernes, 28 de agosto de 2015

Derrota N° 26



No recuerdo otra vez en que el amor me haya dolido tanto. Es como si a partir de aquel momento, de ese primer rechazo, mi cuerpo se convirtió en un recipiente vacío. Se detuvo en pausa y sólo está a la espera de que el tiempo pase, para que pueda darle play de nuevo. Y que parezca que no existió tal interrupción.

Aunque me resulte inimaginable, hoy, aquí y con 26 años estoy sufriendo mi primer desamor. He vivido tanto, he sufrido tanto, pero jamás me había sentido tan vacía, tan de nadie. Nunca antes me había desconocido de tal forma que salir de la cama solo sea el primer paso para buscar desesperadamente el momento de regresar y refugiarme allí abajo. 

Esto ya no se trata de él, ni de cómo sucedió, ni del porqué, se trata de mí, de eso que desde adentro me pide que lo deje ir, pero mi cabeza no quiere, lucha por seguir aferrada a él. Como si cada una de las cosas inmóviles y sin vida se conectaran de una manera espantosa con esa frase, con esa mirada, con esa caricia, y cobraran de manera inesperada, con un color, un olor, un sabor, la textura de lo vivo. 

A estas alturas pienso que casi el total, por no decir todo en absoluto, de los recuerdos los inventé con mi cabeza. Ninguna de las cosas que de verdad aloja mi memoria son reales. Hasta el mínimo detalle es producto de la fantasía, del amor. Es pura imaginación, de lo que fue y de lo que sería. 

Me siento tan frágil y vulnerable que cualquier desconocido que me pregunte cómo estoy sería víctima de una catarata de palabras que intentan disimular lo totalmente devastada que me encuentro. Sin esperanzas, es el lugar mismo de una batalla perdida, derrotada y culpable del desastre, así me siento.

sábado, 13 de junio de 2015

Debí decírtelo antes



Aquella noche era tu primera noche, en las calles caía una fría llovizna. En pleno invierno solo palabras me cubrían de la más tristes de todas las madrugadas. Antes de llegar habías pensado tanto en lo que ibas a decir y en cómo ibas a hacerlo, que al verlo solo pudiste callar. 

Te abrió la puerta y te invitó a subir. Probaste tantas veces esa sonrisa que ya la sentías antinatural. Dijiste tanto lo que tenías que decirle que preferiste callar. 

El tiempo no te ayudó, no lo necesitabas. Nada de lo que sucedía dentro de aquellas cuatro paredes era lo que verdaderamente te importaba. Solo querías decir lo que habías ido a decir y lo que tanto tiempo tardaste en descubrir. Esto se trata de amor.

Lo pensaste en cada paso que diste, le contaste sobre cada cosa que viste, le rogaste que fuera dulce, quizás así te animarías. Lo convenciste de que eras capaz, pero no pudiste decírselo antes, no querías verte hablando otra vez de amor.

Como de milagro, Niestzche se te apareció y te dijo que hay dos afirmaciones sobre el amor. En primer lugar, cuando el enamorado encuentra al otro, allí hay una afirmación inmediata, en su cabeza todo es deslumbramiento, entusiasmo, exaltación, proyección loca de un futuro pleno: “Soy devorado por el deseo, por el impulso de ser feliz. Y digo sí a todo, cegándome”. Sigue un largo túnel: mi primer sí está carcomido de dudas, de miedos, el valor amoroso es incesantemente amenazado de depreciación. Llega el momento de la pasión triste, la ascensión del resentimiento y de la oblación. De ese túnel, sin embargo, puedo salir; puedo superar, sin liquidar; lo que afirmé una primera vez  puedo afirmarlo de nuevo sin repetirlo, puesto que entonces lo que yo afirmo es la afirmación, no su contingencia: AFIRMO EL PRIMER ENCUENTRO EN SU DIFERENCIA, QUIERO TU REGRESO, NO TU REPETICIÓN. 

Te digo: "Recomencemos". 

"Te volviste intratable, ¡recomencemos!"

Pero no sin antes advertir que dentro mío yace un miedo, varios miedos, ojalá no deba admitir que “Debí decírtelo antes”.

viernes, 12 de junio de 2015

#NiUnaMenos el día después ¿Qué cambió?



Como comunicadora lo masivo me pone en alerta y esa fue la sensación que experimente horas antes de partir a la  convocatoria del #NiUnaMenos. Convocatoria que me encontraba en un contexto atípico, en el epicentro de la lucha, o al menos desde donde surgió, en la provincia de Buenos Aires. Una situación que a primera vista la vi como fortuita pero que más tarde descubriría que de azarosa no tenía nada.

Por la mañana arranqué con una maratón radioescucha para informarme en torno a qué giraba la discusión. ¿Quiénes irían?, el rol de los varones, el oportunismo político, ¿Tinelli, posando con el cartel de #NiUnaMenos estaba bien? Los medios hablando de los medios, nada nuevo. Pero eso sí, había incertidumbre y mucha expectativa. En mi cuerpo se agazapaba energía y en mi cabeza varias dudas ¿Qué íbamos a pedir miles de mujeres y hombres? ¿Por qué ahora, qué cambió? 

Cuando se hizo la hora de partir, me puse aún más ansiosa. Desde la parada del colectivo el clima que se respiraba ya era absolutamente distinto al de los días que me habían tenido visitando la “Ciudad de la Furia”. Un grupo de mujeres de varias edades esperaban también el 151, el primer colectivo nos pasó de largo, pero a los dos siguientes los frenamos todas empoderadas. Ese mismo clima que solo había tenido la oportunidad de vivir en algún Encuentro de Mujeres. Ya arriba y muy apretadas (sin dudas la convocatoria sería multitudinaria) todas debatían sobre cosas referidas a la marcha. “No estoy de acuerdo con eso que leí, de dejemos de preguntar qué tan corta es la pollera de Melina, yo no me lo pregunté. Soy yo la que me siento incomoda de salir con una pollera demasiado corta”, dijo una de las pasajeras. Lo primero que supe es que la diversidad de consignas sería el lema de la marcha, cada una iba a pedir que algo se termine, pero resultaba difícil analizar los por qué de esas prácticas. El por qué me siento incomoda al ponerme una pollera demasiado corta, y como había eso logrado naturalizarse en algo tan íntimo como la selección de mi vestimenta. 

Semanas antes de viajar a Buenos Aires, viví una situación que hacía tiempo no me sucedía. Caminaba del supermercado a casa, no más de 7 cuadras me separan, eran algo así como las 11 de la mañana de un viernes. Recuerdo que estaba ultimando detalles para un fin de semana largo en Amaicha del Valle y como no quería desperdiciar un segundo decidí ponerme la ropa con la que planeaba viajar y luego hacer las compras, así de esta manera, volvía, guardaba las compras y partía de viaje. Opté por un bonito vestido violeta de esos que venden en las ferias de diseñadores independientes. Mientras volvía con las compras a casa, de repente un “tipo” de aproximadamente unos 40 años se me cruzó de vereda y me preguntó algo, no recuerdo si la hora o si en qué calle estaba, a estas alturas es un dato menor. Le respondí amablemente y cuando me disponía a seguir mi rumbo me preguntó si yo vivía por la zona. Volví para mirarlo a los ojos, que se yo, quizás lo concia, pero al instante reparé en que no era así. En ese momento algo dentro mío se paralizó, mi cabeza y todo en mi cuerpo comenzó a funcionar más rápido de lo normal. Me asusté. Era una simple pregunta, pero me paralizó. Debe habérseme notado porque mientras caminaba a mi lado este hombre me dijo “No te asustes que no voy a hacerte nada, ¿Cómo te llamas?”. Los ojos se me llenaron de lágrimas, ya no sentía miedo sino bronca, “(¡Mi nombre!),  ¡¿Por qué?!” le grité con fuerza, con las que me quedaban. ¿Cómo cualquier desconocido podía hacerme sentir ese montón de cosas en una fracción de segundos?“¡Qué angustia!”, pensaba. Por suerte se alejó. Nunca supe, ni lo sabré, si quería presumirme, conocerme, intimidarme, o matarme. Lo que sí sé,  es que volví a casa muerta de miedo y repleta de bronca. Y…  adivinen lo que hice, me cambié el vestido; sentí que ese día no era bueno para llevar vestido, ni corto ni largo, me sentía incómoda. Me puse una bermuda, remera y zapatillas, así pasaría mis siguientes días del fin de semana largo, sin querer ponerme un vestido.

Lo llamativo, o lo más llamativo para mí de esta anécdota no es en sí lo que pasó, sino que cuando se los conté a alguna amigas, varias de ellas habían experimentado la misma situación “Para salir con vestido hay que tener actitud, sino no” “Tené cuidado, mirá si te pasa algo”. Yo debía cuidarme, yo debía tener el cuidado de que un imbécil intentara agredirme o seducirme o quien sabe qué fue eso, yo debía tener el cuidado de caminar por las calles… En un triste resumen, yo pensaba que era mi culpa, y la sociedad pensaba que era mi culpa. 

#PorMuchasMas


“Las calles están cortadas, llego hasta aquí no más”, dijo el chofer del colectivo. Así miles de mujeres y unos cuantos hombres bajamos y emprendimos la caminata hasta las calles aledañas al Congreso de la Nación. La multitud era impactante. A medida que nos acercábamos a la plaza se veían grupos en las esquinas cantando y sacándose fotos. Todos querían tener un recuerdo de aquella concentración histórica. Que no surgió de una libre asociación de fuerzas sino que - y esto es importante que quede claro –cientos de organizaciones feministas y de mujeres, organizaciones políticas, estudiantiles, culturales, etc; de todo el país vienen diciendo desde hace un tiempo #BastaDeFemicidios. Y que ahora los medios, la opinión pública, los políticos y la sociedad en general se hayan hecho eco del #NiUnaMenos, es solo consecuencia de un largo camino de lucha.

Como era de esperar en la concentración se vio de todo, no necesito contarlo, seguro los medios y las redes sociales han sido un altavoz de todo ello. Pero lo que sin dudas más me impacto fue el caso puntual: mujeres que habían armado sus carteles, se habían escapado del violento contexto cotidiano y estaban en la plaza diciendo #NiUnaMenos, ellas no querían engrosar la larga listas de mujeres asesinadas por el sistema patriarcal. Querían que quien deba cuidarse de nosotras, las “locas”, sea el abusador, el golpeador, el machista.

Fui a la movilización, como a casi toda movilización que asisto, más como comunicadora, como periodista en estado de alerta, pero me fue inevitable, y brindo porque así lo sea siempre, unirme en esa comunión de pedir justicia, de hacer denuncia y de gritar basta. No necesitamos haber sido golpeadas o abusadas para que los casos de violencia física, verbal, psicológica y en todas sus formas, nos indignen. Todas alguna vez fuimos víctimas y si no avanzamos en la reflexión y no nos involucramos seguiremos asistiendo a una sociedad de hijas, madres, hermanas, abuelas víctimas. Porque de #NiUnaMenos hayan #MuchasMás.

Calzate las Toppers, con el pañuelo en el cuello



Sábado 9 de Mayo era la cita, llegué tarde, con el show empezado. Y es qué no suelo tener el hábito de llegar temprano absolutamente a ningún lado. Se sorprenderían si les detallo a cuantos lugares he llegado fuera de horario en mi vida (entrevistas de trabajo, reuniones con directivos, a trabajos mismos, a exámenes parciales, finales, y a citas de toda clase) tanto así que cuando por alguna inexplicable razón llego temprano a algún lugar, me siento incómoda, al instante comienzo a tomarme de las manos de manera compulsiva y termino apretando tan fuerte que las uñas se me marcan en las palmas. 

Para evitar este cruel mal y para cumplir con el hábito llegué tarde. Apenas crucé la calle San Martin en dirección a las vías, vi a los pibes compartiendo unos tragos en la esquina, como para abaratar costos. No son tiempos en los que una pueda sostener previa, recital, y after sin contar con un gran presupuesto. Ver esto me sacó la primera sonrisa, me generó la misma sensación de tranquilidad que me genera toda clase de multitudes. Cosa extraña, sabrán,  porque de niña le temía en demasía a las multitudes, es decir, los colectivos, los bares, las fiestas infantiles, todo eso me asustaba. Ahora no puedo vivir sin ellas, al menos una vez a la semana disfruto de estar rodeada de un montón de gente: recitales, marchas, encuentros, reuniones. Cuantos más sean, mejor.

Entré campante y el show, repito, ya había empezado. Una legendaria banda salteña era encargada de la apertura, Perro Ciego. No los escuché, no voy a mentir. Pero vi salir del predio a unos pibes con un enorme trapo, de esos que solo tuve la oportunidad de ver en un show del Indio Solari, La Renga o Callejeros (o su compañero mal parido Don Osvaldo) entonces me tranquilice, iba a ser una fiesta y ya había comenzado.
Me senté, saludé a un par de amigos, entrañables amigos de estos últimos tiempos y otros que me dejaron imborrables recuerdos en la juventud y que este encuentro me los traía nuevamente aquí.  Ganas de saltar, de bailar, de cantar y de abrazar, todo eso sentía. 

Pero pará! esto no se trata de mí, se trata de ellos, Daniel “El Cheto” Carabajal ( voz), Martín “Bacha” Arrabal ( guitarra y coros), Mauricio Giansierra (armónica), Atilio Cabral (guitarra y coros) y los hermanos Brandán (en bajo y batería) todos ellos le dan vida a Malas Leguas, una banda de rocanrol, ese clásico de los 60, que como buen clásico sigue vigente. Se formaron allá por el año 2003 rodaron y rodaron pero luego pararon, y ese sábado volvieron y coparon el Robert Nesta, lugar por el hoy pasa el rock tucumano, que si de estilos se trata a dado frutos para todos los gustos. 

Malas Lenguas es uno de ellos, y cómo no serlo, desde el rocanrol han copado los corazones de un fiel público que le “banca los trapos” a donde vayan, y esa noche, estaban ahí, con banderas, remeras y  canticos, haciéndoles el aguante a quienes han sabido ponerle música y alegría a la no siempre feliz vida en las calles y los barrios.

Solo el rocanrol te aguanta

El show arrancó fuerte. Con uno de los más clásicos ¡comenzó a sonar Malas Lenguas! El Cheto revoleaba su cabellera al ritmo de los primeros acordes, cabellera que desaparecería en medio de un intervalo.  Dicen que cortarse el pelo es arrancar de nuevo, y cuando el Cheto volvió  al escenario ya no era el mismo, portaba un look a lo Neymar Junior (look popular entre los cracks europeos). Así el show arrancó de nuevo. 

La noche siguió entre temas clásicos que encendían al público y otras melodías nuevas frente a las cuales la multitud se silenciaba para escuchar y para tirar un par de pasos, ¿por qué no? Si de algo se trata una noche “Stone” es de bailar.

“Tan perfecto que asusta”, diría Fontanet, y sí hasta ese momento todo era tan perfecto que no pudo faltar un desperfecto técnico que incomodó a los músicos, pero no así, en gran medida, a los presentes, qué aprovecharon para refrescarse con un par de promos que el lugar ofrecía. El 2 X $40 fue, sin dudas, lo que más salió. 

El Cheto no dejó que ni el desperfecto técnico en el bajo de Brandan, ni que uno que otro gil “a las piñas” opacaran la noche, desde el escenario, y ya con el pelo corto, arengaba a que esto era una fiesta y que de pasarla bien se trataba. 

Pasadas las 4 de la mañana sonó “La Canción”, y con ese tema la fiesta volvió como si nada hubiera pasado, todos la cantaban y bailaban, todos la sabían. En el medio me cruzaba con amigos que entre abrazos y cantos me convidaban un trago. Y sí que era necesario, la garganta se resecaba de tanto entonar aquella hermosa canción. Abrace a mi compañera y le recordé los viejos tiempos, momento cliché probablemente, pero no me importaba; me salió del corazón.

Cuando los acordes del hit - ¿qué digo hit? - HITAZO, Burguesitas sonaron, todos sabíamos que era el final. Y así fue, era efectivamente el final.  Los trapos ondearon más que nunca y el crisol de generaciones que había en el lugar no se notó, el agite era el mismo.  Y la banda lo supo, se despidió con ganas de quedarse y el público con ganas de más y es que a Malas Lenguas  solo el rocanrol lo aguanta.